El dióxido de carbono (CO2) es, sin duda, el gas más nombrado en las últimas décadas debido a que esta molécula, producto de la respiración de los seres vivos, se ha convertido en un enemigo público, por su capacidad de absorber y retener el calor en la atmósfera, contribuyendo en gran medida al efecto invernadero y el calentamiento global.
Por este motivo, los países europeos, y en menor medida Estados Unidos, han llevado la lucha contra este gas a todo nivel. Ahora, están exigiendo que la elaboración de productos alimenticios genere el menor CO2 posible, en el proceso que denominan "huella de carbono". Por ello, han comenzando a etiquetar sus productos para saber cuánta energía se utilizó y los niveles de dióxido de carbono (CO2) que se liberó a la atmósfera durante el proceso total de elaboración del producto, es decir, en el caso de los alimentos, desde que se comenzó a trabajar la tierra hasta que este bien llegó al consumidor.
La medida complica a las industrias latinoamericanas por las largas distancias que deben recorrer sus productos, lo que no ven con buenos ojos algunos consumidores europeos. Chile es uno de los países más afectados por su realidad geográfica: sus alimentos deben recorrer 13 mil kilómetros para llegar a Europa, con lo que según una publicación británica, una caja chilena de manzanas puesta en cualquier supermercado del Viejo Continente deja una huella de carbono de 3,5 kilos.
Fuente: Invertia.