Toda vez que pensamos en golosinas es prácticamente imposible evitar una pequeña reflexión sobre el dulce placer de su consumo y la cantidad de “calorías extra-no percibidas” que nos aporta ese par de caramelos o esa barra de chocolate que tanto nos gustan. Según varios investigadores, su consumo habitual nos aporta un promedio estimado de 500 kilocalorías adicionales a las que provienen de nuestros alimentos y, por lo tanto, su consumo representa un riesgo a corto plazo para el desarrollo de sobrepeso y obesidad y un riesgo a largo plazo para el desarrollo de enfermedades crónico-degenerativas. Por ello no es de sorprender el cambio revolucionario del consumidor en la manera que percibe sus alimentos, orientado hacia un individuo más crítico del valor nutrimental de lo que se oferta, y hacia un perfil de exigencia de productos que permitan mantener su salud sin sacrificar el gusto y el placer de comer.