Uno de los objetivos principales de todas las sociedades, especialmente de las desarrolladas, es asegurar la salud de sus individuos. Entre los factores que determinan el estado de salud, (genética, medio ambiente, asistencia sanitaria, hábitos de vida) la alimentación tiene una especial importancia, por su elevado grado de influencia y porque puede modificarse para conseguir efectos deseados. A través de los alimentos el individuo adquiere la energía y los nutrientes que el organismo requiere para cubrir sus necesidades y poder desarrollar sus actividades. Hidratos de carbono, proteínas, lípidos, minerales, vitaminas y agua son los nutrientes “clásicos” que deben estar en la dieta para no comprometer la salud. Pero, en la actualidad y tal y como lo establece la OMS, el objetivo en salud no sólo es la ausencia de enfermedad, sino que se persigue conseguir el óptimo estado físico y psíquico. La alimentación pasa de ser la vía necesaria para evitar la enfermedad a ser una fuente de salud. Con este ambicioso concepto se amplía el interés hacia nuevos componentes de los alimentos: la fibra dietética, los antioxidantes, los prebióticos o los probióticos, que desempeñan una función beneficiosa sobre algún proceso del organismo. Así, uniendo esta demanda social junto con los resultados científicos que se van adquiriendo, aparece en el mercado una amplia variedad de “nuevos alimentos”, que reclaman el interés del consumidor como fuente de salud. Entre ellos se encuentran los alimentos funcionales.